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El trastorno de pánico es un tipo de trastorno de ansiedad que se define por la presencia de episodios de pánico imprevistos y repetidos Estos episodios son cortos pero intensos que, para la persona que los padece, provocan momentos de miedo o malestar extremo que surgen sin una amenaza real y generalmente presentan síntomas físicos evidentes. A pesar de que los ataques de pánico esporádicos son comunes, si se repiten pueden provocar un trastorno de pánico que impacta la calidad de vida de las personas afectadas.
Este trastorno se caracteriza por la aparición frecuente de ataques de pánico, que pueden suceder diariamente o incluso sólo unas pocas veces al año. Cuando una persona experimenta un ataque de pánico es posible que sufra síntomas tanto físicos como emocionales, tales como latidos rápidos del corazón, sudoración, temblores, problemas para respirar, la sensación de no tener control sobre la situación o miedo a la muerte. Frecuentemente, estos ataques pueden generar una angustia constante sobre posibles futuros ataques, resultando en la evitación de situaciones o lugares donde ocurrieron ataques previamente.
Aunque no se comprende la causa exacta del trastorno de pánico, hay varios factores que pueden influir en su aparición: puede existir una predisposición genética, aunque no todos los miembros de la familia lo manifiesten; desequilibrios en ciertos neurotransmisores pueden jugar un papel en la biología y química del cerebro; un alto grado de estrés y situaciones traumáticas, sobre todo en la niñez, pueden incrementar el peligro; hay un predominio en las mujeres y generalmente aparece en la adolescencia tardía o en la etapa adulta temprana.

Las personas que sufren de trastorno de pánico pueden experimentar:

Estos signos pueden persistir por un período breve o extenderse más allá de sesenta minutos y pueden surgir sin previo aviso.
El trastorno de pánico se diagnostica mediante una evaluación clínica, en donde el profesional de salud mental realiza un análisis de los antecedentes médicos y los síntomas corporales, para descartar posibles problemas físicos que podrían estar causando los síntomas. Junto con ello se lleva a cabo un examen psicológico que abarca pruebas específicas relacionadas con el trastorno de pánico.
Usualmente, el tratamiento involucra una mezcla de psicoterapia, que incluye la terapia cognitivo-conductual para cambiar los patrones de pensamiento negativos, y la administración de fármacos antidepresivos como los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) y los inhibidores de la recaptación de serotonina y norepinefrina (IRSN).
También es aconsejable seguir un modo de vida saludable, ya que puede resultar ventajoso. Se recomienda abstenerse de consumir alcohol y disminuir la ingesta de cafeína, mantener una dieta balanceada, dormir bien, hacer ejercicio regularmente e involucrarse en grupos de apoyo para intercambiar vivencias y tácticas de manejo de situaciones.
El trastorno de pánico, si bien no es mortal, altera de forma significativa la vida cotidiana de quien lo padece. No obstante, mediante la identificación y la intervención apropiada, las personas pueden adquirir habilidades para controlar sus síntomas y disfrutar de una vida plena.