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Evaluar la salud mental de los padres en consultas pediátricas, especialmente después del primer año de vida del niño, podría ayudar a detectar y tratar la depresión parental, que afecta tanto a los cuidadores como al desarrollo del infante. Pese a su relevancia, estos cribados son poco frecuentes, destacando la necesidad de protocolos integrales de seguimiento y derivación a servicios de salud mental.
Los pediatras pueden desempeñar un papel fundamental en la identificación de la depresión parental: según un estudio de Rutgers, evaluar tanto a madres como a padres para detectar síntomas de depresión después del primer año de vida de sus hijos en consultas pediátricas podría ayudar a identificar familias que necesitan apoyo en salud mental. Este es un período crítico, especialmente para aquellos padres que, sin acceso frecuente a servicios de salud mental, sí acuden a consultas pediátricas.

El estudio analizó la aplicación de cribados para detectar síntomas de depresión o trastornos del estado de ánimo en centros de atención pediátrica en niños mayores de 12 meses. En Chile, se ha reportado que el 20,9 % de las madres experimentaron depresión seis meses después del parto, mientras que un 44,3 % presentó niveles elevados de ansiedad en ese mismo período (Coo et al., 2021). Las madres con depresión enfrentan un mayor riesgo de establecer vínculos inseguros con sus hijos y tienden a adoptar comportamientos de crianza más estrictos. La depresión materna también se asocia con efectos negativos en el desarrollo cognitivo, conductual y físico de los niños.

En su análisis, los investigadores revisaron 41 estudios que incluían a más de 32,700 padres y cuidadores de niños mayores de un año, encontrando que, en promedio, el 25 % de los padres mostraba síntomas de depresión. También se observó que los programas estructurados de cribado de depresión en entornos pediátricos fuera del periodo postparto son poco frecuentes, a pesar de la prevalencia de síntomas depresivos entre los padres. En muchos casos, los padres con resultados positivos en estos cribados no recibieron el seguimiento ni la derivación adecuada. A pesar de que la depresión parental es común y tiene un impacto significativo en padres e hijos, existe una notable falta de programas de cribado fuera del período postparto, especialmente para padres en contextos pediátricos. Este estudio revela una alta prevalencia de depresión parental en diversas áreas pediátricas, como atención ambulatoria y especialidades. Aunque ciertos factores demográficos pueden incrementar el riesgo de depresión, no son predictores confiables; esto sugiere que los cribados basados únicamente en el riesgo percibido pueden no detectar a algunos padres afectados. A pesar de que las visitas pediátricas anuales ofrecen oportunidades para identificar la depresión parental, pocos profesionales realizan cribados debido a la falta de herramientas estandarizadas y a la incomodidad de abordar el tema en un entorno pediátrico. Si bien las herramientas estandarizadas son más efectivas que el juicio clínico, la falta de un seguimiento adecuado limita la efectividad de los programas actuales. Las lecciones de la medicina familiar y la obstetricia, donde se han implementado programas de seguimiento exitosos, podrían ser útiles para guiar la implementación de cribados en pediatría. Para que estos programas sean efectivos, es necesario que el cribado de salud mental parental sea integral, centrado en la familia y conectado con recursos comunitarios. La investigación futura debe enfocarse en establecer métodos efectivos para conectar a los padres con síntomas depresivos con servicios de apoyo, especialmente fuera del período postparto y en diferentes entornos pediátricos. La depresión parental tiene repercusiones profundas en la salud y el desarrollo infantil; por lo tanto, expandir los cribados a una mayor variedad de entornos clínicos y edades podría beneficiar a más familias en necesidad de apoyo crítico. La integración de protocolos de seguimiento y derivación a servicios de salud mental resulta crucial para asegurar que los padres reciban el tratamiento necesario, lo cual, a su vez, mejoraría el bienestar familiar y el desarrollo infantil.